Empowerment

¡Hola a todos! El post de hoy va dedicado al empowerment, o lo que es lo mismo: el empoderamiento, un término cada vez más utilizado en diversos campos, entre ellos el de la Salud Mental.

Empecemos explicando qué significa este término: entendemos por empowerment a la reclamación de igualdad de derechos en los colectivos que socialmente suelen ser marginados o minusvalorados. Por ello es aplicable al colectivo de pacientes y cuidadores de Salud Mental, en el cual se reivindica el ejercicio de derechos de las personas con este  tipo de problemas en igualdad de condiciones y oportunidades que las personas que no los padecen.

Quizás una particularidad en el campo de la SM es que el empowerment está liderado principalmente por familiares y profesionales dedicados a este campo antes que los propios pacientes.

La filosofía del empowerment tiene su origen en los Estados Unidos, con el enfoque de la educación popular desarrollada a partir del trabajo de Paulo Freire en los años 60, estando muy ligadas a los enfoques participativos. El uso moderno de empoderar parte de los movimientos por los derechos civiles, donde se creó todo un aparato conceptual que desde la cultura estadounidense se exportó a otras culturas, de modo que la palabra “empowerment” tomó fuerza inicialmente por el movimiento feminista. Fue tal el éxito que acabaron adoptándola movimientos, entre ellos el campo de la Salud Mental.

Dicho término se aplica a la habilidad de las personas afectadas por una patología mental para comprender y controlar los conceptos personales, políticos, sociales y económicos, y para la toma de decisiones.  Tanto los profesionales de la salud como la sociedad, en conjunto con los que padecen una patología mental tienen el poder de alejar prejuicios, así como la capacidad para hacer comprender que cada uno es, independientemente de la enfermedad que se padezca, una persona ante todo.

Expresiones paternalistas por parte de algunos profesionales e incluso de algunos familiares del tipo: “no tienes la capacidad de…” “deja que nosotros decidamos  qué es lo mejor para ti” provocan el inicio de un proceso de incapacitación legal, en muchísimas ocasiones no fundamentada provocando un autoestigma por parte del enfermo.

El empowerment se basa también en la idea del recovery (recuperación), es decir, en que los trastornos mentales no invaliden a quienes lo padecen sino que con un tratamiento y abordaje adecuado se pueden superar las dificultades y limitaciones que puedan acompañarles.

Además de ello, este término guarda cierta relación con el concepto de resiliencia (“capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”).

Haz clic en el link para acceder al documento colgado en la página web del Ministerio de Sanidad, Servicio Sociales e Igualdad del Gobierno de España, en donde podemos encontrar un pdf titulado “Empoderamiento del usuario de Salud Mental – declaración de la Oficina Regional para Europa de la OMS“, en el cual se nos recuerda que el empoderamiento no es un destino, sino un camino.

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A nivel individual, el empowerment es un elemento importante del desarrollo humano. Es un proceso de toma de control y responsabilidad de las actuaciones que tienen como propósito alcanzar la totalidad de su capacidad. En dicho proceso podemos destacar cuatro dimensiones:

  • La autoconfianza.
  • La participación en las decisiones.
  • La dignidad y el respeto.
  • La pertenencia y contribución a una sociedad más plural.

Para la persona, este proceso significa vencer una situación de impotencia y adquirir control sobre la propia vida. Todo gira en torno a la autodeterminación y la autonomía para que pueda ejercer más influencia en la toma de decisiones sociales y políticas, y, por supuesto, para aumentar la autoestima. Diversas comunidades pueden apoyar a las personas en este proceso, ¿Cómo? estableciendo redes sociales y movilizando la ayuda social; con la finalidad de mejorar la cohesión entre individuos y  apoyar a las personas que están atravesando periodos de vulnerabilidad.

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Como características y cualidades para conseguir los objetivos del empowerment, podemos destacar:

  • La esperanza y el respeto.
  • La reclamación del derecho a una vida propia.
  • El sentimiento de conexión a los demás. No sentirse solo.
  • Ponerse en el lugar del otro y comprender que todos tenemos los mismos derechos.
  • Desarrollar aptitudes o habilidades que la persona considera como importantes.
  • Ser transparente en cuanto a la información.
  • Demostrar que el crecimiento y el camino no terminan, y que no están solos.

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Sin duda es un tema muy amplio, y del que se pude ir sacando diversos post profundizando más, pero con este espero que se entienda el término “empowerment” y que sirva de introducción para futuras entradas. Que nos sirva para, en muchas ocasiones, dejar de lado esa vena paternalista que a veces nos sale y entender que, enfermos, sanos, cuidadores, o profesionales de la salud, ante todo somos personas independientes, con nuestros derechos y opiniones, y acabar con el estigma social y, especialmente con el autoestigma que parece cada vez es más visible en nuestra sociedad.

Para finalizar el post comparto con vosotros este lipdub titulado “Una mirada diferente“:

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Doble estigma

Invisibles. Relegados. Olvidados. Abandonados. Excluidos. Ocultos…Y en la cárcel. En definitiva, fuera de lugar.

¡Hola a todos! El post de hoy trata sobre las personas que padecen una enfermedad mental y que han cometido un delito, acabando presos en una cárcel normal, junto con otras personas que no sufren ese “handicap”, por decirlo de alguna manera.

En primer lugar voy a hacer algo que me encanta, y es desmontar falsos mitos:

  1. El índice de personas con problemas de salud mental que comete un delito es muy bajo, menor que en la población general (sin embargo en España hay 28.000 personas con patología mental en prisión).
  2. Se estima que un 5% de las personas que padecen un trastorno mental pueden llegar a cometer algún delito, cuando la cifra en la población en general es de un 10%. Es decir, tienen un índice de criminalidad mucho más bajo que otra persona que no padece una enfermedad mental.

Es evidente que la cárcel no es el mejor sitio para tratar este tipo de enfermedades. Si esto se tuviera en cuenta durante el proceso judicial se podrían promover alternativas que faciliten la rehabilitación y la reinserción social, incluso impedir la cronicidad y el agravamiento de la enfermedad. En muchos casos la enajenación mental o la falta de juicio pasa inadvertida durante el proceso judicial, por lo que la persona ingresa en prisión como un interno más. También se dan casos que una vez internos, desde el propio centro penitenciario se diagnostican.

Estas personas necesitan de un seguimiento y de programas de rehabilitación, ya que en trastornos mentales graves (como una esquizofrenia, por ejemplo), si no se trabaja, no solo a nivel farmacológico, sino también a nivel psicosocial, la persona tiende al aislamiento, al deterioro y a la consecuente cronificación. Esto supone que al acabar la condena, se sientan incapaces de incorporarse a la sociedad.

¿Dónde está la raíz del problema? Una de los posibles motivos es la falta de detección precoz previa al proceso penal. Los agentes implicados en el proceso penal (abogados, fiscales, jueces, médicos, …) deben tener conocimientos suficientes, formarse y sensibilizarse para poder identificar una patología mental siempre y cuando esté relacionada con el delito. La administración debe formar (hasta cierto punto al menos) a los colectivos implicados para enseñarles a identificar que esos ademanes, una mirada huidiza, los silencios o las evasivas no son siempre estrategias de defensa, sino que pueden ser síntomas de una enfermedad mental grave. No voy a entrar en si en algunos casos debería ser ésto eximente o no de cumplir la pena, pero si tiene que ser considerado y tener el conocimiento de que hay otras medidas alternativas al ingreso en una prisión corriente.

Un 11% de los presos padece una patología mental, en su mayoría sufren de psicosis, pero prácticamente el 100% de estos casos son personas que no tenían un diagnóstico previo y que no recibían ningún tipo de tratamiento.

Actualmente en España solamente hay tres centros que se ocupan de esto: la UHHP (Unidad de Hospitalización Psiquiátrica) Brians 1 (en Barcelona), el Hospital Psiquiátrico de Alicante, y el Hospital Psiquíatrico de Sevilla, cuando debería haber un centro de este tipo por cada Comunidad Autónoma, evitando así la dispersión tan grande que sufren estas personas, ya que se ven desarraigadas de sus lugares de origen y de sus familias (éstos a su vez deben recorrer kilometros y kilometros para poder ver a su familiar, que es un enfermo y que no ha sido condenado, sino que está cumpliendo una medida de seguridad). ¿En quién está el poder de cambiar esto? Pues, como casi siempre, en los políticos…pero no es algo que les interesa a la mayoría de ellos, los enfermos mentales no tienen cabida en sus agendas. Si ya son son invisibles de por sí, cuando son presos aún lo son más. Si hubiera una delegación de competencias en este aspecto, como ya he dicho anteriormente, se avanzaría muchísimo hacia la solución del problema.

Existen fundaciones sin ánimo de lucro que luchan por esta causa, como por ejemplo la Fundación Manantialpero las listas de espera para recibir su ayuda es larga por los pocos recursos a pesar de que, en este caso en concreto, reciben subvenciones del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, de la Obra Social Caja Madrid y desde Instituciones Penitenciarias.

Javier Pallarés, trabajador de Fundación Manantial y encargado del departamento de tutela y ámbito penitenciario hace un símil que considero muy adecuado y contundente cuando le preguntaron su opinión sobre la derivación de una persona con una enfermedad mental grave en una cárcel corriente, y el contestó: “A nadie se le ocurriría hacer un doble bypass, o una operación a corazón abierto, o un trasplante de riñón en una cárcel…pues ésto es lo mismo, un trastorno mental grave no puede ser tratado en una cárcel, es algo absurdo porque no hay medios, pese a que lo intentan y seguramente lo consiguen en algún sentido, pero desde luego no es un lugar para tratar y rehabilitar a una persona con patología mental grave“.

Al estigma asociado a la enfermedad mental se le ha de unir el de ser un recluso. Al estar considerados con dos aspectos negativos son considerados personas non gratas en nuestra sociedadaunque, como dicen algunos “ellos han cometido delitos a sangre caliente, mientras que en otros módulos están los que lo hicieron a sangre fría“.

El otro día leía un artículo de Quino Petit donde, en uno de los apartados, hablaba sobre el módulo psiquátrico de Brians 1. Es una unidad que ocupa 4.000 metros cuadrados en un extremo aislado la prisión. Tiene capacidad para albergar a 67 pacientes de los 1.300 de los internos de la prisión. Cuenta con 10 camas para ingresos agudos, 27 camas para subagudos (estancias de tres a seis meses), y el resto son camas para larga estancia. Las habitaciones son dobles (a excepción de aislamiento) y separadas por sexo, con una disposición similar a la de un hospital psiquiátrico y con rejas en las ventanas. Las instalaciones cuentan con talleres de informática, lavandería, de artes plásticas o encuadernación. Allí suelen manipular una gran guillotina (algunos pondrán el grito en el cielo al leer esto y diran: ¡ooh, menudo peligro!… Pero es que el riesgo cero no existe, y sin riesgo no es posible la rehabilitación, y no solo lo digo yo, sino también Álvaro Muro, coordinador de la unidad). La función de estos talleres no es ocupacional, sino terapéutica. El funcionario que trabaja en un centro de este tipo cuenta con formación específica, donde prevalece el carácter asistencial. El director de este entro penitenciario, Juan Carlos Navarro, asegura que el criterio de entrada y salida a este módulo es estrictamente médico.

El Dr. Muro está convencido de la existencia de una mayor proporción de  problemas de salud mental dentro de las cárceles que fuera de ellas, ya que según sus propias palabras “la prisión en sí misma puede condicionar que algunas patologías se expresen más, si la tasa media de esquizofrenia en la población es de un 1%, en las cárceles está entre el 5% y 15%. La patología depresiva se multiplica por 10“.

Otro asunto es el anteproyecto de la Reforma del Código Penal. En él había una parte dedicada a las medidas según la cual, por el hecho de padecer una enfermedad mental, una persona podría llegar a pasar más tiempo de reclusión que otra sin patología mental a la que se le impusiera una pena. Afortunadamente, gracias a la oposición de muchos sectores este aspecto no salió adelante en el proyecto de ley, ya que está demostrado que la enfermedad mental no condiciona un mayor riesgo. Así pues, el Código Penal establece que las personas con trastornos mentales que cometen un delito son inimputables, correspondiéndoles medidas de seguridad en un establecimiento adecuado al tipo de alteración psíquica.

En el estudio realizado por la Confederación de Salud Mental de España (estudio: Salud mental e inclusión social. Situación actual y recomendaciones contra el estigma) se asegura que “la población reclusa que convive con un trastorno mental acarrea un doble estigma: el asociado al trastorno mental y el asociado al medio penitenciario“.

Para finalizar el post, os dejo este breve fragmento del videoreportaje del País Semanal “Las mil y una caras de la locura“:

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Escocia como modelo contra el estigma

Cuando hablamos de estigma, nos referimos a una condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que su portador sea incluido en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa y se les ve como culturalmente inaceptables o inferiores.

Un 25% de la población padecerá en algún momento de su vida algún tipo de enfermedad mental, es decir, 1 de cada 4 personas. Cuando hablamos de una enfermedad como, por ejemplo, la esquizofrenia, automáticamente se asocia a terminología negativa (como agresividad, imprevisible, violento), y lo más triste de todo desde mi punto de vista es que esto no ocurre con gente mayor a la que en sus tiempos un bipolar era tachado de loco o un síndrome de Down de subnormal  (¡que palabra más fea por Dios!), para mí, lo mas llamativo es que hoy en día, en pleno siglo XXI, el estigma que rodea a la salud mental es muy potente entre los jóvenes. Éstos, en una edad complicada y más vulnerables, pueden ser como una bomba de relojería. Me explico, las etiquetas negativas hacia un comportamiento, hacia una forma de ser, cohiben e impiden a la persona a expresar sus sentimientos, le impiden sentirse bien y sentirse parte de la sociedad. Muchos brotes se dan en la adolescencia por esto mismo.

Una de las cosas más peligrosas de esta situación es que la persona acabe sufriendo lo que denominamos autoestigma: prejuicios que están interiorizados, convirtiéndose así en atributos negativos identitarios. Es decir, la persona se cree estos prejuicios y esta identidad, lidiando no solo con todas las barreras que le impone la sociedad sino añadiendo las que uno mismo se impone.

En Escocia, en los últimos ocho años se ha realizado un gasto anual de más de un millón de libras en con la finalidad de combatir el estigma. Eso es creer de verdad a nivel político que la recuperación es posible y, sobretodo, es necesaria. Esa inversión en la lucha contra el estigma ayuda a estas personas a sentirse parte de la sociedad, a expresar como se sienten, a compartir sus experiencias con la libertad de no ser juzgados (por ejemplo a la hora de obtener un empleo, aumentando su integración y rendimiento), y a la larga supone un ahorro para el Estado, ya que disminuyen las camas ocupadas en las instituciones psiquiátricas y los ingresos vía urgencias. Para esto es necesario la existencia de asociaciones o colectivos, en el ejemplo de Escocia está a destacar a nivel mundial HUG (Highland Users Group), una red de personas que en algún momento de su vida han experimentado un problema de salud mental y que tienen dos objetivos principales: el pimero es mejorar los servicios y tratamientos que la gente recibe e influir sobre las políticas y las estrategias en las que se ubican estos servicios, y el segundo es desafiar el estigma y aumentar la sensibilización pública sobre la salud mental. Es importante potenciar este tipo de grupos a nivel local, para que estos se unan y se comuniquen con otros a nivel nacional, y estos a su vez con otros a nivel internacional. 

Más adelante publicaré un post hablando sobre estos grupos y asociaciones, sobre como no solo trabajan contra es estigma sino también contra el autoestigma, potenciando el empowerment (otro termino al que sin duda le dedicaré otro post con información interesante). A su vez, tiene que haber un grupo de apoyo familiar, donde puedan expresarse ellos por una lado, los usuarios por otro, y en determinados momentos ambos en conjunto. Así como una escucha activa y compromiso por parte de aquellos que nos gobiernan y nos representan. 

Escocia es un país que nos lleva mucha ventaja en este tema, así que tomemos su ejemplo, porque esta en tus manos aportar ese granito de arena, tanto uniéndote a una asociación de este tipo como dejando a un lado los prejuicios y el estigma.

Para finalizar, me gustaría plasmar unas preguntas extraídas del documental “Voices” (os dejaré el link al final del post por si os interesa saber más sobre el tema), y dejar paso a la reflexión personal.

  • ¿Cómo ves a una persona con problemas de salud mental?
  • ¿Actuarías del mismo modo si fuera amigo o familiar tuyo?
  • ¿Cómo te sentirías si tu voz o tu experiencia no fueran respetadas?
  • ¿Por qué no deberías expresarte si crees que la forma en la que vives tu vida es injusta?
  • ¿Cómo podemos entender cuál será el impacto de aquello que queremos hacer si no colaboramos, discutimos y consultamos con las personas que recibirán el servicio?
  • ¿Crees que lo que haces ayuda a tener, a recuperar, un proyecto de vida?

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Elling

¡Hola a todos! Hoy vengo a recomendaros una película: Elling.

Se trata de una producción noruega, ganadora de varios premios y nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa en 2001, pero empecemos hablando del argumento: Tras la muerte de su madre Elling es ingresado en una institución psiquiátrica. Dos años más tarde está preparado para volver al “mundo real”. Junto con su compañero de habitación en la institución vivirán en un piso tutelado por los servicios sociales, donde comenzarán su reintegración en la comunidad. Tendrán que demostrar que son capaces de cuidarse de sí mismos. Pero, para alguien a quien entrar en un restaurante le resulta tan complicado como atravesar la Antártida, esta nueva vida está llena de obstáculos.

Este filme está inspirado en la novela “Brødre i blodet” (“Blood brothers”, 1996) del escritor noruego Ingvar Ambjørnsen.

Hay pocas películas donde se trate el tema de la desinstitucionalización psiquiátrica y el proceso de reintegración en la sociedad, además, si analizamos los personajes resulta curioso que, en especial al protagonista (Elling), es difícil de catalogarle con una patología en concreto. Si buscamos información por internet encontraremos todo tipo de opiniones y etiquetas. Podría padecer un trastorno de la personalidad evitativo, también tiene rasgos de trastorno de la personalidad obsesivo-compulsivo (¡OJO!, que no es lo mismo que un trastorno obsesivo-compulsivo, más conocido como TOC, pero de eso ya hablaremos en otro post), otra gente considera que tiene rasgos de autismo, y más concretamente rasgos de Asperger. ¿Mi opinión? En especial este caso no debemos etiquetar, a que lo interesante y lo importante de la película es el proceso de reinserción social.

Sobre Kjell Bjerne, el amigo y compañero de este proceso, tampoco conocemos su patología, aunque parece que sufre de cierto retraso mental y de una baja tolerancia a la frustración, con conductas autoagresivas en estas situaciones. Es clave en este tipo de circunstancias el apoyo que requieren estas personas durante este proceso y, como no, a lo largo de la vida. A lo largo de la película vemos que aparecen los celos por el temor de perder al compañero cuando éste hace un amigo. También el soporte recibido por parte del asistente social es clave (del que ahora hablaremos). Esto nos lleva a pensar que sin la ayuda y el apoyo de ambos, Elling no hubiera conseguido avanzar en su proceso de reinserción, lo que nos lleva a una reflexión: Imaginaros vuestra vida sin la gente que os acompaña en el día a día. Cualquier persona, sana o con una enfermedad, necesita de gente a su alrededor, necesita sentirse apoyado, querido, protegido. Es evidente que unos más que otros tienen esa necesidad, pero está en la naturaleza del ser humano. Eso hablando en una situación rutinaria, pero y si nos ponemos en una situación de mayor fragilidad, en la que somos más vulnerables, simplemente porque estamos pasando por una mala racha o un mal día. El sentirse apoyado y acompañado es clave para cualquier persona.

Retomando el tema anterior, el papel del asistente social es clave y su actitud nos puede resultar cuestionable. Frank Aasli tiene una postura en un principio bastante autoritaria e incluso algo agresiva, y cuando ves la película en un principio tiendes a pensar: “¡Qué  brusco!”, pero sin embargo su figura está presente en absolutamente todo el proceso, animándoles a ser autónomos, ayudándoles pero sin suplantarles, y reforzándoles las conductas positivas y cuando hacen un avance.

Los 3

En definitiva, recomiendo la película a aquellos que no la hayan visto, porque es un tema poco tratado y que quiere dejar de lado las etiquetas y centrarse en lo más importante en estos casos: vencer los temores, controlar la ansiedad, y ser capaces de llevar una vida lo más plena posible dentro de nuestras propias limitaciones.

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